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El documento que se presenta es un
testimonio de la militancia política de izquierda
de Clara López Obregón desde sus años
universitarios en los Estados Unidos a finales de los
años sesenta. Se trata de una carta escrita a
su primo Juan Manuel López Caballero, hijo del
ex presidente Alfonso López Michelsen, reconocido
intelectual independiente, polémico e irreverente.
La carta fue escrita en el año 2002 desde Caracas,
donde Clara López y su marido Carlos Romero se
radicaron al tener que salir de Colombia por graves
amenazas contra sus vidas ante la negativa del gobierno
para brindarles las medidas de seguridad ordenadas por
la OEA. Este texto forma parte del libro PALABRAS GUARDADAS,
35 Mujeres frente a si mismas, editado por Maria Elvira
Bonilla Otoya, de EDITORIAL NORMA, en circulación
próximamente (Bogotá, febrero de 2007).
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OVEJA NEGRA
Caracas, 16 de julio de 2002
Querido Juan Manuel*1 :
Hace unas semanas, cuando me encontraba en Bogotá de
visita, conversando de oveja negra a oveja negra de la familia,
me preguntaste si yo era comunista. Te contesté llanamente,
sin prevención alguna, que nunca había militado
en "el Partido", ni había hecho míos
sus postulados de manera independiente. No pensé más
en el asunto, aun cuando no era la primera vez que me lo preguntabas.
De regreso a Venezuela, un compañero de oficina me
comentó que había conocido a unos compatriotas
míos, el Presidente de la Bolsa Agropecuaria, creo,
y otros, a quienes les dijo que trabajaba con una colombiana.
¿Será la misma Clara López de tan distinguida
familia, educada en Harvard, profesora de su hijo en Los Andes,
buena reputación académica y demás? Pero,
y a eso viene la referencia, casada con Carlos Romero, ex
presidente de la Unión Patriótica y ¡quién
iba a pensarlo, comunista! Algo igual o parecido, con el aditamento
de que se trataba de algo clandestino, fue el contenido de
una conversación que mi hermano Mauricio le escuchó
una vez a Luis Carlos Galán en una reunión social
en la Embajada de los Estados Unidos. También aparece
el apelativo en todas las amenazas que he recibido desde aquella
primera lista de condenados a muerte, que circuló en
la nueva fase de violencia política que se desató
en Colombia con motivo de los diálogos de paz de Belisario
Betancur y que judicializó el procurador Carlos Mauro
Hoyos en 1987, sin que jamás se llegara a saber nada
más de ello, excepto que la gran mayoría fuimos
víctimas de atentados y los más, asesinados.
Como ves, es una pregunta, o más bien,
una imputación a manera de auto cabeza de proceso político-"penal",
que me han hecho muchas veces, y aunque nunca ha dejado de
sorprenderme, la verdad, es que tampoco, hasta ahora, me había
tomado el trabajo de contestarla adecuadamente, ni a mis interlocutores
ni a mí misma. No porque no sea una pregunta importante.
Cómo no va a serlo, si ha signado toda mi vida adulta.
Todo -o casi todo- lo que he hecho y también lo que
no he podido hacer, tiene su origen directo o indirecto en
el fondo de ese interrogante-imputación. Hasta mi condición
actual de destierro y residencia involuntaria en el extranjero.
Se trata de una pregunta aparentemente sencilla y de fácil
respuesta, si no llevara consigo esa profunda carga de descalificación
y recelo, aunque también, por qué no decirlo,
de respeto, fascinación y algo de admiración,
que se asocia, aún hoy después de la caída
del Muro de Berlín, con todo lo que huela a comunismo.
Por ello, mi simple negación, en cada oportunidad,
no ha sido respuesta suficiente. Por no haber tomado en serio
tu pregunta me disculpo. Me corresponde entonces, Juan Manuel,
intentar dar una respuesta exhaustiva al interrogante completo.
¿Qué significa ser comunista en
nuestro medio? Por nuestro medio, me refiero al sector social
en que nacimos y crecimos. La Cabrera real y la fabulada de
Los Elegidos*2 de entonces
y de ahora. Ese mundo feliz de casas grandes, cabalgatas en
las haciendas, buenos modales, conversación estimulante
y fachas elegantes. Ese ambiente intelectual de educación
esmerada, en lo posible en el exterior, preferiblemente en
los Estados Unidos y definitivamente en inglés. Esa
consciente esfera de poder económico y político
predestinada a gobernar "una Nación - al decir
de Bushnell- a pesar de sí misma".
En este, nuestro medio, ser comunista
debe abarcar un espacio mucho más amplio y definitivamente
distinto al de llevar un carné de la JUCO o del PC,
como el que han portado Carlos Lemos Simmonds o Gustavo Vasco,
a quienes, por cierto, nadie osaría endilgarles la
pregunta-imputación. En razón de esta paradoja,
he llegado a la conclusión de que debo editar un tanto
el interrogante. Ya no contestaré si soy o no comunista.
Ese no es el problema, pues claramente no lo soy, ni lo he
sido. Me preguntaré, en vez: ¿por qué
me consideran comunista? Para comprender qué entienden
mis congéneres por comunista, tengo que realizar un
viaje hacia el interior de mí misma y medir mis convicciones,
mi accionar y mis ilusiones, contra los principios y valores
que nos fueron inculcados desde nuestra cuna común.
No hay más confesión que la propia conducta.
Sin falsa modestia, creo que he recibido la
mejor educación posible. En casa aprendí desde
siempre a tomar mis propias decisiones y a vivir y responder
por ellas. Allí no se usaban las prohibiciones sino
las discusiones. Papá enseñaba valores con el
ejemplo, ilustraba con historias - y con la Historia - y nos
dedicaba mucho, pero mucho tiempo, con paciencia y ternura.
Mamá era toda templanza, libertad, temeridad y compromiso,
silenciosamente atenta a las necesidades y querencias de los
demás. De ellos no aprendí a obedecer sino a
cuestionar, a pedir sino a entregar, a aceptar sino a soñar.
Mi educación anglosajona, primero en
Bogotá y después en los Estados Unidos, me imprimió
una sana dosis de igualitarismo, ausente de mi formación
temprana. Ese respeto de los norteamericanos por el propio
esfuerzo y por la cooperación con los demás,
que tanto cautivó a de Tocqueville, y en el
cual se finca la idea democrática. Los internados,
aún los más benévolos, como el que me
correspondió, también enseñan disciplina
y capacidad para aguantar la soledad, con buena cara.
Viví a fondo la rebelión juvenil
de los sesenta en su vertiente política. Participé
activamente en el movimiento contra la guerra de Vietnam.
Pertenecí a la organización de la huelga que
cerró a Harvard, durante la primavera de 1969. En nuestro
pliego figuraba, al lado de la expulsión del programa
de entrenamiento militar de la Universidad*3
, la desinversión del inmenso patrimonio universitario
en empresas del régimen del apartheid en Sur África,
la libertad de Nelson Mandela y la igualdad de salarios entre
mujeres y hombres, blancos y negros, en las cocinas y comedores
estudiantiles. Ganamos los primeros dos, el tercero finalmente
llegó, y el cuarto, esa utopía de acceso a igual
libertad y dignidad, todavía espera, no en las cocinas
de Harvard, sino en las nuestras, en nuestra Colombia, en
nuestra patria grande americana.
En esos años me marcó con singular
fuerza un viaje de reconocimiento político que realicé
con mi hermano Eduardo y dos queridos amigos salvadoreños,
por la mayor parte de América Latina. Pendent le
déluge*4 apodó
Francisco de Sola lo que parecía ser el inicio de una
oleada de cambio de las estructuras de poder en nuestro continente,
con Salvador Allende en Chile, Velasco Alvarado en Perú
y la calma chicha que vivía Argentina bajo el carrusel
de generales, los Montoneros y el espectro del cuerpo de Evita
Perón. Nos entrevistamos con los presidentes, los directores
de los diarios influyentes, los empresarios e incluso el Coronel
encargado de transformar en cooperativa el complejo azucarero
de la Grace en Trujillo, dentro de la fugaz reforma agraria
peruana. A lo largo del viaje me fui sumiendo en un estado
de incomodidad que nunca me ha abandonado del todo. Lo que
le causaba escozor a mis compañeros de viaje me llenaba
de esperanza y entendí que se abría una grieta
entre mis afectos y mi conciencia. Yo percibía en el
diluvio la resurrección y los míos, la
catástrofe.
Regresé a culminar mis estudios de Economía
con una tesis de grado laureada sobre cómo hacer una
verdadera reforma agraria en Colombia. Ello era posible con
los artículos de concentración parcelaria de
la Ley 135 de 1961, que sobrevivieron milagrosamente al Acuerdo
de Chicoral, ya que contemplaban la expropiación de
tierras adecuadamente explotadas para ensanchar las áreas
de minifundio que bordean, todavía hoy, toda la tierra
verdaderamente cultivable del país. Estudié
a fondo el único caso de su aplicación en la
Hacienda La Berta (Jamundí, Valle) y constaté,
de primera mano, la precariedad de la ley para los desvalidos
cuando no se acompaña de la voluntad política
de los poderosos en su aplicación*5
.
Con el día de mi graduación llegó
el momento, que había anunciado en mi solicitud de
admisión a la Universidad, de ponerme al servicio del
cambio en mi país, para devolverle en trabajo y consagración
los privilegios con que me había premiado la fortuna.
Y también el del regreso a casa, a sanar ese vacío
tremendo que nunca confesé a mi padre cuando, por insistencia
mía, me había marchado a estudiar ocho años
antes. Compartíamos una especial complicidad desde
siempre. Cuando yo no iba al colegio, él no iba a la
oficina y viceversa. Durante esos dos meses volvimos a las
viejas rutinas. Jugábamos ajedrez, paseábamos
a Caupolicán -el hijo del perro gran pirineo, que me
había regalado Chepe Valenzuela de niña- y conversábamos
de la Revolución en Marcha, de la Violencia, del Frente
Nacional, del MRL, de las sociedades democráticas,
de las guerrillas del Llano, de la responsabilidad de la estirpe.....
Hasta diseñamos el escudo de armas de don Ambrosio
López compuesto de una pala, un barredero, unas tijeras
y una múcura de chicha, con la intención de
hacer un anillo de familia que compartiera la burla del tatarabuelo,
en su Historia de un Desengaño*6
, por quienes se resienten de sus orígenes humildes
y se desquitan, con maledicencias, de aquellos que cuestionan
sus privilegios.
Ya entonces él me protegía del
anticomunismo sin hacerme siquiera un asomo de reclamo, como
no lo hizo cuando tu padre tuvo que intervenir para que no
me retiraran la visa por mi militancia estudiantil. A papá
le habían ido con el cuento de que yo era comunista
y me cuentan que contestó: "No. Ella no es comunista.
Está comunista". El inquisidor pudo pensar que
se refería al cuento simplón según el
cual quien no es comunista a los veinte años, no tiene
corazón y quien continúa siéndolo después
de los treinta, no tiene cabeza. No sé por qué
el deseo de cambio tiene que tratarse como una enfermedad
pasajera. Papá no pensaba así. Su discurso como
Gran Maestro en la Gran Logia de Colombia cuando Allende visitó
Colombia, ya siendo Presidente, me inclina a pensar que buscaba
protegerme y no que previera una previsible claudicación
por parte mía. A mí siempre me transmitió
la seguridad de que las cosas grandes se hacen con compromisos
grandes, persistentemente renovados, y la creencia de que
si bien el camino estaría marcado por censuras y profundos
sinsabores, el cambio es posible y necesario. Esa convicción
era y es parte de ser señalado como comunista en nuestro
medio y viene acompañada de tener que ver ensancharse
cada vez más la grieta ya abierta entre los afectos
y las convicciones, no por los dictados de la conciencia,
sino por el retiro de los afectos.
No tienes que ir demasiado lejos para constatarlo.
El fantasma del anticomunismo es consustancial a nuestras
vivencias personales y a nuestra Historia. Reemplazó
con creces al fantasma de la masonería con que se combatió
el ideario humanista de la Revolución Francesa y hace
uso del mismo imaginario religioso que trastocaba la lucha
por derrotar los privilegios - de nacimiento y de propiedad
- en acción impía y pecaminosa. ¿A quién,
de nuestra generación, no le infundieron de pequeño,
el horror que se afirmaba como verdad incontrastable, que
cometían los soviéticos al separar de sus padres
a los niños para indoctrinarlos en la ideología
atea del socialismo? De chiquita sufrí mucho por esos
niños y temía la llegada del comunismo porque
a mí me pudiera pasar semejante desafuero. Y resultó
que donde sí se practicaba ese salvaje adoctrinamiento,
era bajo nuestras propias narices, en Colombia, en los territorios
de misiones, donde en lejanos internados se educaba cristianamente
a los hijos de los pueblos indígenas.
Eran los años cincuenta, en el apogeo
del macartismo, pero ya se había combatido a
López Pumarejo con el epíteto de comunista y
de ateo (como después a Alfonso López Michelsen,
en el MRL) por separar la Iglesia del Estado y promover, al
lado de la función social de la propiedad y la ley
de tierras que pretendía llevarla a la práctica,
una educación no confesional en la reforma constitucional
de 1936. En su Informe al Congreso de ese mismo año,
se había atrevido a afirmar que incluso el partido
Comunista o el Socialista podían acceder al poder,
si ganaban el favor del pueblo en las elecciones. Sólo
se refería a las consecuencias lógicas de la
democracia que no quieren asumir quienes en ella se arropan
para frenar el cambio. En su último discurso, pronunciado
en la Universidad Nacional, que aparentemente escribió
tu padre, solamente se arrepentía de una cosa: de haber
dejado trunca la Revolución en Marcha.
Yo pertenezco a esa vertiente del pensamiento
liberal. Pensamiento - y actitud de vida- libertario, tolerante
y progresista, amigo de la discusión, pero consciente
de las contradicciones que deben asumirse e intentar conciliarse
mediante acuerdos en el campo de la democracia, pero sin pretender
someter a todos, única y exclusivamente, a los intereses
de la mayoría. Ese pensamiento abierto que se rebela
contra la disciplina de perros de una autoridad impuesta en
vez de ganada en el campo de la controversia, y legitimada
por la bondad de sus resultados. Esa postura pragmática
que busca adaptar las teorías políticas y económicas
a las condiciones concretas y propias, para infundirles la
capacidad de interpretar y cambiar la realidad y no la que
se pone tapaojos para poder adoptarlas sumisamente, sin beneficio
de inventario, por su potencial de perpetuación de
los privilegios. Esa actitud partidaria de la experimentación
basada en el conocimiento de lo nuestro y no apegada a abstractos
dogmas doctrinarios importados. Como López Pumarejo,
nunca he reconocido enemigos a la izquierda. Como mi padre,
lamentablemente sin su éxito, he pretendido hacer de
la tolerancia un modo de vida. En resumen, no he sido, no
soy, ni seré anticomunista y eso en el lenguaje de
los sectores recalcitrantes de una clase gobernante, más
no dirigente, incapaz de redimir a su pueblo, me coloca en
la otra orilla, víctima del anticomunismo. Para unos,
Juan sin Tierra, como me apodó, a mucho honor, un editorial
de El Tiempo; burguesa, oligarca para los otros. No de fiar,
para muchos de parte y parte, pues mi lealtad es con estas
profundas convicciones, no con las artificiales reparticiones
partidistas.
El anillo nunca se hizo. Papá murió
intempestivamente y el tuyo se hizo cargo de completar mi
formación. "Mi mejor amigo - le escuché
contestarle a un niño gorilita, aprendiz de periodista
en un programa de televisión - era un muchacho mono,
ojiazul, como tú". Todavía conservo
la foto de esa declaración de afecto de tío
Alfonso por papá. Y así heredé, sin mérito
propio alguno, al mejor tutor posible para conocer a fondo
mi país desde las exigencias del trabajo práctico,
tan distante pero tan complementario, de las teorías
de las aulas y de los libros.
A su lado, primero en la campaña y después
en la Presidencia de la República, hice mi doctorado
en Colombia y en el delicado arte de tomar decisiones y asumir
responsabilidades, ya no sobre la propia esfera sino sobre
la de los demás. En la campaña estudié,
recorrí, conocí todo el territorio nacional,
la abundancia y belleza de nuestro suelo y la diversidad de
gentes y de costumbres, pero también profundicé
en la investigación con que alimentaba los memorandos
que preparaba con esmero para cada gira regional. En el bus
que nos transportaba y en las tertulias improvisadas por entusiastas
dirigentes locales, desde Chaparral hasta Tame y de Silvia
en el Cauca a Nazareth en la Sierra Nevada, escuché
las historias, las angustias, los sueños y las canciones
de las gentes y regiones más disímiles, que
componen nuestra geografía y cultura nacional. En las
plazas me sentí abrumada por la esperanza de la gente
humilde, transmutada en fe ciega por la capacidad de un hombre
para completar la obra de su padre, la Revolución en
Marcha inconclusa que seguía viva en el imaginario
popular. Esa promesa renovada por el Movimiento Revolucionario
Liberal, con su corajuda denuncia del continuismo de los privilegios
encarnado en la connivencia del bipartidismo institucionalizado
en el Frente Nacional y pregonada en su plataforma vibrante
de SETT: Salud, Educación, Techo y Trabajo, que puso
a sus militantes en la mira de la Mano Negra, antecesora política
y armada de las AUC.
Nunca olvidaré los sentimientos cruzados
que experimenté esa tarde de la entrada triunfal del
Dr. López a Honda, cuna de los López Pumarejo,
aclamado por una multitud de pañuelos blancos que reflejaban
la luminosidad delirante del sol de ocaso. La emoción
era contagiosa. Al tiempo que me brotaban lágrimas,
me invadía un sentimiento de desazón frente
a la irreflexión de la masa y el extremo candor con
que asumíamos - los de la plaza y los de la tarima-
el triunfo arrollador que se tenía a la mano. Intuía
lo que después aprendí viendo el efecto del
"sol a las espaldas" tanto en el gobernante como
en los gobernados. El paro del 14 de septiembre de 1977 y
la dramática presentación televisada del Presidente,
esa noche, en medio de un Consejo de Ministros signado por
el desconcierto, al cual llegaban informaciones fragmentarias
de un creciente número de muertos. Incrédulo
e iracundo, sostenía en la mano los clavos de hierro
forjado con puntas en todas direcciones -después supe,
de voz de mi compañero de vida, Carlos Romero, que
los apodaban miguelitos, por un villano de tira cómica
de ese nombre que siempre se las arreglaba para caer parado-.
Los huelguistas los habían, exitosamente, regado por
toda la ciudad para impedir el paso del transporte público
y la movilización de los trabajadores, como reemplazo
de una influencia real sobre las masas, que generara un ausentismo
laboral consciente. El paro fue cruento, la fuerza pública
abrió fuego en varios puntos de la ciudad y algunos
de los huelguistas también. De regreso esa madrugada,
a casa, desde Palacio, varios fuimos objeto de disparos a
la altura de la Javeriana. ¿Qué había
trastornado la magia de aquélla tarde, optimista y
alegre, de Honda?
Sin duda muchas causas, pero me atrevo a sugerir
principalmente una que lentamente fue dando forma al desencanto
generalizado. A medida que el Gobierno avanzaba en la concreción
de las reformas, ante la disyuntiva de avanzar o aligerar
el ritmo de la marcha, por una razón u otra, se optaba
por lo segundo. En el tren de la victoria se acomodaron, en
los asientos de primera, quienes tenían más
que perder y al Gobierno llegaron pocos de los vagones de
atrás. Cuando los decretos de la Emergencia Económica
realizaron una reforma del impuesto sobre la renta que lo
hacía más progresivo, la oposición económica
se abalanzó, lanza en ristre, contra la familia del
Presidente siguiendo la manida, pero exitosa, fórmula
de combatir los cambios con el grito de la corrupción.
En respuesta, del lado del Gobierno, lo formal empezó
a reemplazar casi inconscientemente la acción consecuente,
a tal punto que el Presidente, por ejemplo, nunca entendió
por qué la confederación obrera comunista, la
CSTC, en vez de agradecerle la personería jurídica
que le otorgara su Gobierno ante la mirada furibunda de la
patronal, se convirtiera rápidamente en su más
sistemático contradictor, coreando, desde luego, los
infundios de su contraparte histórica, fortaleciendo
con ello la oposición al cambio y debilitando la capacidad
de maniobra del Gobierno.
Y así, el afán de reforma zozobraba
en medio del escándalo y de la vacilación tornada
en parálisis, y hasta en retroceso conceptual. En vez
de reforma agraria -una T de Tierra que se sobreentendía
en SETT- se pasó a la titulación de baldíos
y al Desarrollo Rural Integrado, ofrecido como sustituto por
el Banco Mundial, con la opinable tesis de que siendo la tierra
lo que menos cuesta en la producción agrícola,
lo que corresponde es convertir a los campesinos en proletarios
en vez de propietarios. De la política de ingresos
y salarios y de la concertación tripartita entre Gobierno,
Trabajo y Capital con que se inició el Gobierno, se
pasó lenta e imperceptiblemente hacia un ejercicio
cada vez más ortodoxo del poder. En la huelga de los
cementeros se echó mano de un decreto de Carlos Lleras
y se eximió al gremio de una negociación colectiva
con la convocatoria de un tribunal de arbitramento obligatorio.
El Estado de Sitio, que fuera levantado como símbolo
de una nueva forma de gobernar, fue pronto reinstalado, primero,
en unos departamentos aduciendo el paro de los médicos
de los Seguros Sociales y después, en todo el país,
para instalarse definitivamente, como fuera la práctica
consuetudinaria entre nosotros. El Consejo de Ministros llegó
incluso a utilizar el nefando artículo 28 de la Constitución
de 1886, que permitía la retención preventiva
de la dirigencia sindical y contestataria bajo sospecha de
tener intenciones de atentar contra el orden público,
con lo que privaban -como lo vine a saber después-
a las movilizaciones populares, toreadas por el desafuero
policial, de sus jefes naturales, quienes eran los únicos
capaces de mantener alguna semblanza de disciplina y orden
frente a la acción de extremistas y provocadores dentro
de sus filas.
Al terminar el Gobierno me invitó Juan
Fernández Gómez a hacer uno de esos consabidos
balances de los cuatro años en un minuto de televisión,
literalmente, mientras corría el puntero. Todavía
recuerdo el genérico de lo que dije, pero más
claramente, la sensación de frustración que
me corroía interiormente: 1) En lo internacional: duplicación
de las fronteras nacionales por la delimitación de
las áreas marinas y submarinas con nuestros vecinos;
2) en lo económico: aumento del crecimiento económico
al 5% anual, reducción de la inflación y del
desempleo a un dígito; 3) en lo fiscal, transformación
del déficit del 4% o 5% en superávit y reducción
de la deuda pública externa; 4) en lo social: duplicación
de los cupos de educación secundaria, titulación
de miles de hectáreas de baldíos, avances cuantificables
en la salud, la nutrición, el agua potable y más.
Era un buen balance para cuatro años de Gobierno, especialmente
por la delicada coyuntura económica internacional,
con sus choques de inflación importada, importación
de petróleo a los precios inconcebibles de las primeras
de cambio de la OPEP, por los eurodólares al acecho
de países dispuestos a endeudarse irresponsablemente
como lo hicieron nuestros vecinos, por el difícil manejo
de una bonanza cafetera que todos creían propia pero
que pertenecía en mayor medida a los propietarios del
café exportable y, en fin, por la generosa cuota de
imponderables y retos que le corresponde sortear a todo gobernante
en el corto tiempo destinado a dejar una huella del cambio
siempre prometido.
Pero en mi interior sentía una profunda
desilusión. La Administración de López
Michelsen introdujo, sí, innovaciones, tal vez no percibidas
desde afuera, y lastimosamente no continuadas en materia de
modelo económico. Cuando Virgilio Barco, a la sazón,
gobernador del Banco Mundial, quiso poner al servicio del
equipo económico los asesores y formulaciones diseñadas
por ese organismo multilateral, fue discretamente rechazado,
bueno, por así decirlo, pues la diplomacia no era uno
de los fuertes de Rodrigo Botero*7
. Conformó un equipo joven en años, pero veterano
en experiencia, como le gustaba decir cuando llegaba a presentar
los proyectos tributarios en Consejo de Ministros con unos
muchachos mechudos provenientes del MOIR, Guillermo Perry*8
, entre ellos. Todos trabajábamos arduamente en plasmar
una visión de desarrollo autónomo. Fue entonces
cuando Colombia prescindió de la ayuda de la AID (Agencia
para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos), cambió
el contrato de concesión por el de asociación
en materia de hidrocarburos y restableció relaciones
con la Cuba de Fidel. Ahora que nos hemos acostumbrado a Ministros
de Defensa civiles y a alguna medida de participación
pluralista en la vida política, tal vez no se aprecie
lo atrevido que se consideraba, en ese entonces, el nombramiento
de Guillermo León Linares, ex militante de ya sabes
qué, como Jefe del DAS; de la combativa Maria Elena
de Crovo, defensora de los trabajadores, para presidir el
Ministerio del Trabajo o de Luis Carlos Pérez, eminente
penalista, quien había teorizado sobre la rebelión
como delito político, rector de la Universidad Nacional.
Incluso a Alvaro Escallón Villa se le encomendó
la tarea de contactar a los alzados en armas con la perspectiva
de un posible armisticio negociado.
Todo parecía dispuesto o casi todo. Pero
para cambiar el país de la mano de la democracia hay
que meterse con los privilegios y sostenerse en el poder.
Y la respuesta fue unívoca y coordinada. Mientras desde
los periódicos se adelantaba una campaña furibunda
en contra del Gobierno, en Medellín los industriales
afirmaban que la inseguridad, fruto de las políticas
gubernamentales, no les permitía siquiera caminar por
la calle*9. Los mandos militares
reunieron al alto Gobierno en el Ministerio de Defensa para
mostrarnos un mapa plagado de focos guerrilleros y al Consejo
de Ministros llegaban muestras de cartillas subversivas con
las que monjas y maestros oficiales supuestamente envenenaban
a la generación incipiente. La única "votación",
así entre comillas, que recuerdo, fue en una sesión
en que el Ministro de Defensa solicitó que se prohibiera
la emisión por televisión de La Mala Hora*10
, por la ofensa que la historia significaba para el Ejercito,
el cual, encima de todo, había colaborado eficazmente
en su filmación. Entre chiste y chanza votamos hasta
los secretarios, para asegurar una mayoría digna, pues
atando cabos se pudo determinar que Indalecio Lievano habría
inclinado la balanza en favor de la censura que el Presidente
no estaba dispuesto a permitir. Era el Gobierno Puente, el
último del Frente Nacional, y el gabinete por Constitución
permanecía estrictamente bipartidista: mitad Liberal,
mitad Conservador y un General.
Pero también recuerdo vivamente cuando
el M19 secuestró a José Raquel Mercado. No creo
que nada ni nadie haya afectado tanto y tan hondamente al
Presidente, quien asumió solo, después de oída
la opinión de todos sus ministros, la responsabilidad
de no negociar. Llegó la fecha fatídica sin
que los organismos de seguridad hubiesen dado con el paradero
del sindicalista quién apareció muerto, inaugurándose
en el país una nueva manifestación de violencia
política. Algo cambió con este suceso. Pronto
salió del gobierno Maria Elena de Crovo y se vivió
una calma pesada de esas que anteceden a las tormentas. Las
huelgas se veían como subversión por otros medios.
Tal vez se envalentonaron los militares con los aires dictatoriales
que soplaban del Cono Sur. Tal vez la soledad del poder no
le permitió al Presidente buscar apoyo en otras fuerzas
o éstas no estaban dispuestas a ofrecerlo, o pedirían
lo que no se podía dar.
Ya en pleno desarrollo de la economía
de mercado, cuando los poderosos grupos financieros se posicionaban
para el manejo de la mayor parte de los resortes económicos,
es evidente que las reivindicaciones del SETT no podían
salir adelante sin reformas estructurales de fondo. El incrementalismo
reformista, como concepción de desarrollo, que todos
pregonábamos, se mostró impotente para dar el
salto y por eso, a pesar de las ejecutorias, tal vez todavía
no superadas por administración posterior alguna, no
fuimos capaces de dejar un país distinto al que se
encontró al comienzo del mandato. Ese fue el nudo gordiano
que le impidió al Gobierno abrir un nuevo capitulo
de la Revolución en Marcha. Lo que se requería
y se requiere todavía hoy, es una cirugía de
largo alcance, reformas estructurales que toquen de verdad
el sistema de tenencia de la tierra y que permitan una política
justa de ingresos, precios y salarios para modernizar, actualizar,
desarrollar en el real sentido de la palabra, al país.
Esa apreciación, sin haberla conceptualizado
plenamente en ese entonces, era la causa del sabor amargo
que experimentaba mientras me esforzaba por mostrar los logros
del Gobierno al que serví apasionadamente, con lo mejor
de mis capacidades y esfuerzos.
Aún hoy, un cuarto de siglo después,
sigo convencida de que esa revolución pendiente de
redención de los pobres y de inclusión social,
no solamente puede sino que debe hacerse - con la ley en la
mano - desde el Gobierno. Es esa la razón de mi militancia
política. Es tal vez sea, también, la razón
por la que se me considera comunista. Como ves, no me hice
de izquierda por mi unión con Carlos Romero. Simplemente
reconocí en él los valores que siempre me han
inspirado y por eso pude unir mi vida a la suya.
Te quiere y admira tu prima y amiga,
Clara Eugenia
NOTAS
*1 Esta carta es
un compendio de dos misivas escritas en los últimos
años: la primera, a Juan Manuel López Caballero
desde Caracas en 2002 y la segunda, a Alfonso López
Michelsen en 2004, con motivo de la celebración de
los 30 años del Mandato Claro, como se conoció
su periodo presidencial (1974-1978).
*2 Alfonso López
Michelsen, Los Elegidos,
*3 ROTC, por su sigla en
inglés, Programa de entrenamiento para oficiales de
la reserva (Reserve Officers Training Program)
*4 "Durante el diluvio".
La frase hace alusión a las palabras atribuidas a Luis
XV en la antesala de la Revolución Francesa: Après
moi, le déluge ("Después de mi, el diluvio").
*5 La tesis se titula: From
Principle to Practice: A Case Study in Land Reform (Jamundí,
Valle), "De la teoría a la práctica en
la reforma agraria: El Caso de Jamundí, Valle (1972).
Fue dirigida por el Profesor Albert O. Hirschman.
*6 López, Ambrosio:
El Desengaño o Confidencias de Ambrosio López,
primer director de la Sociedad de Artesanos de Bogotá,
denominada hoy "Sociedad Democrática", Escrito
para conocimiento de sus Consocios, Imprenta de Espinosa,
Bogotá, 1851.
*7 Primer Ministro de Hacienda
de la Administración López Michelsen
*8 Economista de MIT y Director
de Impuestos Administración López Michelsen.
*9 Fue tal la bulla que
el Presidente, burlando a su casa Militar, se montó,
con Indalecio Lievano, en un avión como un ciudadano
cualquiera para ir a pasearse por la capital antioqueña
y desmentir a sus contradictores.
*10 Un dramatizado
de una de las obras de Gabriel García Márquez
que cautivó rápidamente a la audiencia